martes, 19 de julio de 2011

El hombre pájaro

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

  Todo empezó cuando niño, su padre lo llevó al parque sin decirle el por  qué. Ya a esa edad su personalidad se asomaba tímidamente por  sus ojos, siempre prefería estar mirando el cielo en busca de algo, nadie sabía de que, solo buscaba algo con la curiosidad y la concentración  de un pequeño felino que intentaba atrapar una mosca en el aire, para su fortuna siempre lo encontraba, un rayo de colores que no lograba definir siempre le cortaba el cielo, lo que lo emocionaba inexplicablemente.
     
Esa vez sentados en el parque su padre inesperadamente sacó de su bolsillo un pequeño trozo de pan envuelto delicadamente en una servilleta, ante la curiosa mirada del niño comenzó a desenvolverlo y a arrancar pequeñas migajas y a lanzarlas al suelo, rápidamente grandes palomas volaron a la reciente comida, impresionando al niño que se quedó pasmado ante lo extraordinario de la situación, el niño absorbido por una curiosidad que no pudo controlar arrancó el trozo de pan de las manos de su padre y corrió al medio de la plazoleta poseyendo el tesoro mas valioso que su imaginación pudiera concebir, el evento que lo marcaría para todo su vida se desarrollo en unos pocos segundos, una bandada de pájaros lo envolvió de pies a cabeza, como un gran remolino de plumas y picos que revoloteaban ante él . El padre sin comprender el maravilloso espectáculo del que su hijo participaba lo arrancó con brusquedad y lo condujo a la casa. Desde ese religioso espectáculo jamás pudo separarse de las aves. 

 La observó detenidamente, su asqueroso dorso cortado en picadillos, la sangre fluyendo por el piso donde moscas y ratas se aglomeraban a cada miembro de lo que alguna vez fue una mujer humana. Su cabeza, los ojos aún tenían esa expresión de dolor, de espanto y el nauseabundo olor de la putrefacta muerte se esparcía por la habitación de esa casa abandonada. La miró una vez más y la mueca formada en su rostro se transformó en una torva sonrisa. Sí, eso le gustaba.

Solo recordar que aquella era la mujer a la cual le había propuesto matrimonio tan solo unas horas antes le fascinaba. Se amaban inmensamente o eso había creído, hasta que ella lo rechazó.  Por eso, cuando la luz de la luna ya asomaba por los enormes ventanales de esa casa solitaria, la tomó, la poseyó, aun a la fuerza, pero la tuvo para si, era suya y la disfrutó como tal. La mujer en lágrimas se oponía, pero los golpes siempre calman a las mujeres desobedientes.

Ahora, eso ya no importaba, ya estaba muerta, la miró una vez más y recordó que incluso antes de morir no lo había aceptado, ¡tonta mujer! Murmuró para sí,  arrojó el cuchillo con que la había atravesado, se volvió a su cabeza y le dijo: Adiós mamá. 


El infierno


Marta nunca entendió bien las cosas que el obispo repetía con parsimonia en la misa matutina, se sentaba en la banca con los ojos muy abiertos y una expresión desafiante en la mirada. Quizá en algún momento ese hombre vestido de negro lograra conmover su inamovible conciencia. Aquel día el tema de la larga perorata era  el infierno, “un oscuro lugar lleno de bestias horribles que te quitan las entrañas y las arrojan al vacío” como dijera el sacerdote. Marta sonrió para sus adentros: “estúpido cura” pensó, “el infierno no existe”. Después de la misa, se dirigió a su casa para almorzar, el arroz con huevo que engullía con prisa cada día supo diferente luego de las palabras pronunciadas por el cura, aunque sinceramente creía que  el asunto de andar asustando a la gente era un mal necesario para  conseguir adeptos, o al menos creía que pensando así podía alejar el miedo de su mente. Mientras lentamente avanzaban las horas, comenzó a sentir que una algo  afloraba en su interior. Suavemente, como quien posa la palma sobre el hombro de un hermano, se dio cuenta de que una idea surgía: “Si el infierno existiera estaría dentro de cada uno de nosotros. Lo cierto es que cada infierno es diferente, como son también los pecados que se cometen”. Encendió la tele para la novela de la tarde, pero en vez de encontrar a la protagonista de su drama favorito vio como una mujer volaba con los brazos abiertos desde lo alto de un edificio; las noticias de la tarde se habían adelantado al episodio final de la historia romántica. Marta escuchó con calma: “Mujer de 45 años aproximadamente, de iniciales AGN saltó desde un noveno piso hoy cerca de las 10 horas, su cuerpo se encuentra en el servicio médico legal y será entregado hoy por la tarde a sus familiares. Las razones de porqué atentó contra su vida aún se investigan”. ¿Porqué una persona hecha y derecha cometería tal aberración? Esa mujer tenía hijos que la necesitaban para poder crecer. Marta dio vueltas en su mente muchas interrogantes. Cerró los ojos y recordó una tarde de marzo del 92’, cuando volvía del colegio de a pie, charlando con sus amigas, disfrutando del suave calor que el sol ofrecía a los caminantes por esas horas. Recordó la luz apagada de la casa, las ventanas cerradas, la puerta con llave. Recordó los ojos blancos de su madre, recordó el dolor. Una lágrima oscura teñida de rímel cayó de los ojos de Marta, “la verdad es que el infierno sí que existe”, pensó “y se construye con la vida, nos dirige hacia la muerte y lo vivimos cuando vemos las consecuencias de las malas decisiones que tomamos”.

Asunto: Caricias lejanas





Estimado Víctor:

             Querido amigo, espero que estés más animado desde la última vez que me escribiste. Sinceramente, no supe qué responderte cuando me hablabas sobre el desencanto que has sufrido con tu vida en los últimos meses. A pesar de que nunca nos hemos reunido, sé que tenemos un vínculo tan fuerte que a veces me parece verte en la calle, esperándome para jugar un partido o para  ir al pub más cercano; por eso mismo sé que esperabas una respuesta, palabras que te brindaran alivio, el cual no has logrado alcanzar junto a los seres que te rodean. Pero no recibiste nada y, posiblemente, he provocado que te decepciones, no me sorprendería que me hayas borrado de tu lista de contactos. Sin embargo, creo tener una respuesta ahora, y la verdad,  es mejor que te responda ahora, porque lo más seguro es que te hubiera escrito puras webadas hace dos semanas, lo que te hubiera dejado peor.

           Hoy ha estado nublado. Me gustan los días así,  porque las nubes cubren todo con su manto gris y blanco, el cielo toma el aspecto de  una pintura lúgubre, que llama a la melancolía. Normalmente, los días nublados me traen muchos recuerdos, pero solo por hoy  no quería pensar en nada, por eso fui a la ciudad, con el fin de mantenerme ocupado. Caminando entre tanta gente, es normal chocar, pero no esperaba tropezarme con ella, Romina.

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Tu silueta va caminando, con el alma triste y dormida…
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         Tenía 8 años cuando la conocí, fue en aquellos tiempos en los que vivía de la compasión de mis abuelos, quienes se habían apiadado de su hijo y de su torpe esposa-así la llamaban cuando mis padres estaban fuera y creían que yo dormía plácidamente en sus piernas-, permitiéndonos compartir la casa por 15 años. Era mi vecina desde el día en que llegué, pero nunca la había visto o si la había visto no me acordaba; mi vida giraba en torno al colegio, algunos amigos, la casa y por supuesto, los monitos del Club de los Tigritos. No fue hasta que la vi bailar que supe de su existencia, mis viejos eran amigos de los suyos y habíamos sido invitados a su evento. Jamás olvidaré cuando comenzó la música y apareció su figura alta, magnífica, moviéndose de un lado a otro; el ritmo latino  penetraba en mis oídos, mientras mis ojos tenían el privilegio de visualizarla. Cuando terminó su actuación, se nos acercó, así pude observarla mejor: cuerpo atlético y moreno, labios de rojo intenso pero agradable, cabellera rizada y oscura; recuerdo que al mirarla tan detenidamente sentí un calor que subía a mi rostro y me hizo agachar la cabeza, era una sensación extraña, nunca había sentido algo así, solo algunos años más tarde supe que eso se llamaba rubor. De repente, fijó sus ojos en mí, sonrió y se me acercó. A pesar de la majestuosidad que su figura imponía, me di cuenta que no era mucha la diferencia de estaturas. Me besó en la mejilla- son estúpidos esos besos,  tan planos y de escaso contacto, desde aquella vez comenzó mi averción, porque lo único que quería era rocear sus labios por un tiempo prolongado-y comenzó a hablarme de forma natural, se alegró de verme, somos vecinos de hace muchos años y nunca nos vemos ni hablamos ¡que tonto! ¡Buuu, es que este niño no sale mucho, llega del colegio y el resto de la tarde la dedica a ver Pokemón,a esa impertinencia de mi vieja respondí con la mirada, la cual intenté que fuera de enojo, pero creo que no lo logré. Esa noche no dejé de repetir su nombre Romina, Romina ¡Romina! Sabía que ese era su nombre-decía-¡ella tiene cara de Romina! Es nombre digno de un ángel.

        Romina tenía doce años, solo cuatro más que yo, no podía creerlo cuando me lo dijo al día siguiente que nos vimos ¿significaba que había tenido una visión engañosa cuándo la vi bailar?

       Comenzamos a juntarnos casi todas las tardes, aunque solo fuera por una hora; íbamos a los juegos, nos turnábamos para que uno se columpiara y el otro empujara, disfrutaba observarla mientras se balanceaba por los aires, parecía inundar el ambiente con su sonrisa cálida, juguetona y traviesa, como si fuera una niña de doce años ¿dónde estaba esa mujer, cuyos movimientos habían logrado ruborizarme por primera vez? Cuando la confianza creció, me invitaba a su casa, pero solo si sus papás no estaban. Me gustaba mucho un vestido escocés que le llegaba hasta las rodillas, aún recuerdo su imagen corriendo por la casa, jugando a las escondidas, era tan rápida que un ligero viento levantaba su falda; por supuesto, siendo un mocoso no me preguntaba qué había bajo esa falda. Luego de un tiempo, empezamos a jugar a que éramos una pareja de recién casados, que llegaba a su casa nueva. La noche de bodas ocurría en la habitación de los viejos de Romina, caíamos abrazados en la cama, simulando la pasión  de una pareja verdadera. Entonces quedábamos frente a frente, fue en esas ocasiones cuando volví a ver a la mujer, su mirada encerraba tantos significados, que me desconcertaban y que solo ahora puedo definirlas como pasión, sensualidad y seducción; sus labios nunca me parecieron más atractivos, por lo que no podía evitar acercarme más y besarlos. La verdad es que no sé como besaba, me da un poco de vergüenza pensar que la pudiera babear o morder, pero creo que no resultaban desagradables, ya que ella se dejaba. Luego de la apasionada noche de bodas, nos quedábamos dormitando en la cama, yo me aferraba a su cuerpo mientras ella acariciaba mi pelo. Ahora que lo pienso, la abrazaba de la misma manera que hace unos meses abrazaba a mi peluche Marcos.

           Así pasamos días,  meses, ¡años!, no hubo momentos más felices para mí en la infancia que aquellos en los que mis manos estaban entrelazadas con las de Romina, mientras descansábamos en el lecho nupcial.

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Ya la aurora no es nada nuevo pa’ tus ojos grandes y pa’ tu frente; ya el cielo y sus estrellas se quedaron mudos, lejanos y muertos pa’ tu mente ajena.

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-          ¿Y no le hay visto las pechugas? Me pregunto un amigo en clases.
-          ¿Las pechugas? ¿qué es eso? posiblemente, si hubiera entendido de qué me hablaba, le hubiera pegado. Solo sabía que las pechugas eran aquella parte que se escondía tras el escote, la cual se alcanzaba a esbozar cuando jugaba con Romina en la cama.

Dos años después lo entendí, una tarde en la que entré a su casa con la llave de copia que mis papás guardaban para emergencias. Cuando la vi a ella, montada en un gil-lo supe algunos años más tarde, era su pololo de turno- ¡en nuestra cama matrimonial! En esos segundos, que me detuve a contemplarlos, pude ver sus pechos, acariciados por ese tipo. Salí lo más rápido que pude y fui a encerrarme en mi pieza, no comprendía nada, como siempre.  ¿Qué había pasado? ¿Por qué Romina me había traicionado? ¿Había hecho algo malo? En esos años que pasé, siempre desconcertado por lo que yo creía una traición, pude ver como Romina crecía, casi siempre llegando borracha a su casa, acompañada por algún weón, o peleando con su papá; creo que había dejado de bailar, su figura ya no lucía como la primera vez que la vi.

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Cada uno aferrado a sus dioses, productos de nuna historia, los modelan y los destruyen y según  eso ordenan sus vidas…
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         Solo hace algunos años, cuando pude descansar en una cama y entralazar mi mano a la de otra mujer- la que ahora es mi polola- pude comprender que Romina jamás me traicionó, yo era un pendejo, ella una niña que se estaba volviendo mujer. Fui un tonto que se ilusionó con algo que nunca existió.

         Hoy volví a verla, pero ella no me reconoció; después de esa visión fantasmagórica, ocurrió lo que no pasó hace diez años, derramé lágrimas, pero no porque me doliera aún lo que ya había pasado, sino porque sé que no es feliz. Ambos crecimos y hemos sentido pasar la vida, pero de manera muy distinta. Cuando siento que mi vida actual me resulta deprimente, mi mente vuela a aquellos momentos en los que estábamos juntos, pero estoy casi seguro que si ella se siente deprimida, solo se encierra en su desdicha, dudo que recuerde a ese pendejo que roceaba sus labios.

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Nos hablaron una vez cuando niños, cuando la vida se muestra entera, que el futuro, que cuando grandes, ahí murieron ya los momentos, sembraron así su semilla y tuvimos miedo, temblamos, y en esto se nos fue la vida.
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Te aseguro que puedo comprenderte, porque yo sentí que mi vida no tenía sentido por muchos años, pero creo que si alguien siente que no es feliz, debe intentar salir de ese abismo, ya que nadie más lo hará por él. Cuando dejé de preocuparme de Romina, y solo pensé en aquellas caricias lejanas como un dulce recuerdo, comenzé una nueva etapa.

Víctor, si no eres feliz, si te sientes desencantado por causa de algunos cambios que has experimentado, ¡busca el por qué de tu infelicidad! e intenta remediarlo. No lograrás nada lamentándote siempre de lo desdichado que eres, solo es perder parte de tu vida en tristezas evitables.

 Te mando un abrazo querido amigo, espero viajar a México a fin de año, por fin nos veremos y saldremos a tomar una cerveza e iremos a alguna cancha a jugar.

Hasta entonces….

domingo, 10 de julio de 2011

A modo de instructivo.

Veinte mil leguas de viajes literarios es quizá un intento por  sacar a flote nuevas ideas, una plataforma virtual que se sumerge en este  inmenso mar ciberespacial para dar a conocer las creaciones de sus tripulantes.
Les ofrecemos, por lo tanto, una plataforma submarina de literatura. Un juego constante entre la palabra escrita y la música. Una lectura seducida por la unión de una canción insinuante y aquel sentimiento que motiva a la creación de un cuento o poema. Es en esta unión donde nacen nuestras obras, híbridas de nacimiento.
Sin nada más que agregar,  los invitamos  a sumergirse en estas leguas literarias que nos quedan de camino...




Entra al cabaret para ver sus ojos, suena Chris Isaak de fondo, cualquier hombre en su lugar desearía mirarle el culo esta noche, pero no, prefiere beber y mirar a todo eso.
Da aproximadamente quince pasos, y al llegar a la única mesa que se encuentra desocupada, antes de cubrirla con unas copas y su par de manos frías, puede ver desde ahí que la chica baila en un improvisado escenario ante la barra, su vista no lo acompaña, tiene problemas para comprobar si es ella. Entonces sin esperar un minuto más, da nueve pasos hacia la barra, y puede descubrir que la joven tiene sus ojos, su nariz y su boca, como si Dios con su mano omnipotente o la naturaleza misma los hubiesen calcado.
Desde esa cercanía inmensa la contempla, sin articular ninguna clase de gestos, y puede notar en ese silencio individual y a la vez carnavalesco, que la llaman Alessandra, o tal vez se hace llamar así. La escruta sin cesar con la mirada y así se va mimetizando sin querer en esa manada de lobos sedientos de carne fresca.
Vuelve a mirar los ojos de la joven, hoy teñidos por el negro riguroso que quizás también opacó su infancia, mira la rectitud de su nariz desafiante, y aquel rojo, ese rojo ardorosamente rojo que tiñe la suave piel de su labios de mujer,  le anuncian sin piedad que por sus venas también corre parte de su sangre, la misma que una vez olvidó y regaló, en una de las noches en que las mesas, escenarios y miradas clandestinas se ordenaban tal y como ahora.


Carla Partarrieu

Cuando niña abrazaba mis rodillas y tapaba mis oídos, era la mejor forma para llorar.



En vano, 
veinte años se alimentan de mordidas.

Son veinte hojas de otoño tardío,
Son veinte gotas de esta lluvia pesada y somnolienta.

Si miro las nubes grises cursar el cielo, siento que la vida atraviesa lentamente mi cuerpo.

Márcame en las palmas el camino con tus huellas
A paso lento seguiré la noche oscura,
Albergaré en mi vientre las estrellas que quieras.
Pero ahora déjame llorar lentamente,
Saborear el mar y sus bostezos azules,
Mientras el silencio se encoje entre mis manos
Y se hace pequeñito.

¿A dónde vas?
Mis pies se cansaron de andar a ras de suelo,
Quiero un lugar para comenzar y está en tus ojos.

Busca a través del espejo,
Encontrarás las cosas que abandonamos al andar.

Seguiré cazando sombras de la tarde, convirtiéndolas en cuentos para que te duermas.


Tina