El sonido de la flauta, acompañado por la batería, repercutía en sus oídos. Más allá de la puerta se escuchaban los sollozos de una mujer, él se tironeaba el pelo mientras con su mano derecha subía el volumen al máximo-por favor, cállate de una puta vez (le gritó)-. No quería pensar ni en ella ni en nadie, pensar le hacía daño, lo cual provocaba que le hiciera daño a los demás. “La vida me da recelo, me espanta la diferencia…” la cortina semicerrada permitía la entrada de la tenebrosa luz nocturna y esta iluminaba sus pies. Mientras un amargo y helado trago de cerveza pasaba por su garganta, sus ojos buscaban algo entre el desorden de ropa y libros tirados en el suelo-casi parecen un mosaico, pero de escasos colores (vestía casi siempre de azul o blanco)-, su mirada se posó en la portada de una novela, una historia, un personaje que lo había marcado-“Crimen y Castigo”, que porquería de libro, aún así…Rodion Raskolnikov es todo un personaje ¡tremendo! -.
“La fuerza me ha consumido y me ha atormentado el alma”, seguía buscando entre las sombras proyectadas por sus muebles, hasta que distinguió lo que buscaba, al parecer era una pequeña hoja, pero en realidad era una foto. La miraba esbozando una sonrisa irónica, se veía a él con algunos años menos, sonriendo inocentemente, a su lado estaba su madre-¡linda a morir! Me pregunto si habrá participado en algún concurso, pero (recordó su aspecto actual: cuerpo rollizo, múltiples ojeras, pelo decolorado por tantos tintes, ah, y por supuesto, llorando en el comedor) ¡que pena!-y su padre, a quien nunca le ha guardado algún cariño, en aquellos tiempos si alguien decía “¡uy! Salió igualito al papá”, él decía una y otra vez que jamás sería como ese que se hace llamar mi padre, a lo que las personas lo miraban con expresión reprochante-compararme con ese gruñón, flojo, bruto, mal marido y mal padre, es un insulto-. Fue en aquellos tiempos que leyó Crimen y Castigo; Rodión se convirtió en su héroe, pero detestó el final, no toleró ver como su ídolo se arrepentía-esa vieja a la que mató era una porquería, y alguien como el, que había nacido con una inteligencia superior, tenía el derecho de castigarla (se repetía constantemente)-, estaba seguro de que si él en verdad existiera jamás habría cambiado de parecer. Con el tiempo se fue sintiendo como un joven Raskolnikov, un individuo perteneciente a la categoría de los superhombres, se sentía superior a todos; por supuesto, eso incluía a su padre, por lo que compararlo con el, era un pecado.
Como era un superhombre, podía hacer lo que quisiera: emborracharse, drogarse, vagar todos los días por las calles luciendo su gabardina, mientras su madre, ahora vieja a morir, estaba en casa, furiosa con él por no llevar dinero a la casa: ¿trabajar? Eso es para los del sistema, ¿estudiar? Es perder demasiado tiempo malgastando mi talento, que no se ve reflejado en una prueba.
Ahora, sentado en su resorteado colchón, tomando los restos de su cerveza, trataba de olvidar quien se había creído e intentaba saber quién era en realidad. Para eso, era necesario recordar: llegó a su casa a las tres de la mañana, su madre-aquella vieja amargada que lo aburría con sus quejumbrosas palabras “tú no me respetas” y su mirar de quiltro apaleado-le había retado y, por primera vez, abofeteado: ¡atreverse a pegarle a él: un superhombre!, no pudo soportarlo y la empujó contra la pared. Sus ojos-enrojecidos por el trasnoche-cambiaron la expresión fúrica y casi desequilibrada, cuando su madre, temblorosa y sorprendida por la actitud del joven Raskolnikov, se sujetó la cabeza mientras rompió a llorar desesperadamente. Esa imagen ya la había visto antes, años atrás: la última vez que vió a ese que se hace llamar su padre, la última vez, porque el se encargó de echarlo de la casa. No lo podía creer, ¿se estaba convirtiendo en un reflejo de él? De ese hombre al que tanto despreciaba. Le había pegado a su madre, al igual que su antecesor. No tenía derecho a permanecer allí. ¿Era en realidad una segunda versión de su padre? ¡Qué ironía! En vez de diferenciarse de él, como se lo había propuesto apropiándose de la identidad de Rodión, se parecía cada vez más a él.
Pero aún estaba a tiempo, no sabía quién era en realidad-“creo que estoy en el mundo, sin más que el alma en el cuerpo…”-y para hacerlo, debía estar solo. Sabía que su madre no lo extrañaría mucho, habían acabado con el amor madre-hijo atacándose mutuamente durante todos esos años. Era lo mejor irse, ya se habían lastimado mucho y lo mejor era dejar que las heridas cicatrizaran. Salió de la habitación con sus audífonos, solo eso necesitaba; su madre, a la cual ya no pensaba decirle vieja a morir, estaba tirada en el sillón, sumergida en una realidad, quizás más agradable que la verdadera.
“Creo que tendré que probar consiguiendo un trabajo”, decía el ya no joven Raskolnikov, mientras caminaba por las calles humedecidas y observaba los árboles de ramas desnudas, el invierno estaba empezando. Sus planes se vieron interrumpidos por la lluvia amenazadora, pero vió un árbol de imponente follaje, en el que se refugió. Lo único que veía en esos momentos era un triste paisaje- “no lloro yo por llorar, sino por hallar sosiego”-, pero sabía que pronto saldría el sol, comenzaría de nuevo y se descubriría a sí mismo. Cerró los ojos mientras se dejaba llevar por los últimos versos de aquella canción.
“Mi llorar es como un ruego, que nadie quiere escuchar…”
No hay comentarios:
Publicar un comentario