domingo, 10 de julio de 2011





Entra al cabaret para ver sus ojos, suena Chris Isaak de fondo, cualquier hombre en su lugar desearía mirarle el culo esta noche, pero no, prefiere beber y mirar a todo eso.
Da aproximadamente quince pasos, y al llegar a la única mesa que se encuentra desocupada, antes de cubrirla con unas copas y su par de manos frías, puede ver desde ahí que la chica baila en un improvisado escenario ante la barra, su vista no lo acompaña, tiene problemas para comprobar si es ella. Entonces sin esperar un minuto más, da nueve pasos hacia la barra, y puede descubrir que la joven tiene sus ojos, su nariz y su boca, como si Dios con su mano omnipotente o la naturaleza misma los hubiesen calcado.
Desde esa cercanía inmensa la contempla, sin articular ninguna clase de gestos, y puede notar en ese silencio individual y a la vez carnavalesco, que la llaman Alessandra, o tal vez se hace llamar así. La escruta sin cesar con la mirada y así se va mimetizando sin querer en esa manada de lobos sedientos de carne fresca.
Vuelve a mirar los ojos de la joven, hoy teñidos por el negro riguroso que quizás también opacó su infancia, mira la rectitud de su nariz desafiante, y aquel rojo, ese rojo ardorosamente rojo que tiñe la suave piel de su labios de mujer,  le anuncian sin piedad que por sus venas también corre parte de su sangre, la misma que una vez olvidó y regaló, en una de las noches en que las mesas, escenarios y miradas clandestinas se ordenaban tal y como ahora.


Carla Partarrieu

No hay comentarios:

Publicar un comentario