Marta nunca entendió bien las cosas que el obispo repetía con parsimonia en la misa matutina, se sentaba en la banca con los ojos muy abiertos y una expresión desafiante en la mirada. Quizá en algún momento ese hombre vestido de negro lograra conmover su inamovible conciencia. Aquel día el tema de la larga perorata era el infierno, “un oscuro lugar lleno de bestias horribles que te quitan las entrañas y las arrojan al vacío” como dijera el sacerdote. Marta sonrió para sus adentros: “estúpido cura” pensó, “el infierno no existe”. Después de la misa, se dirigió a su casa para almorzar, el arroz con huevo que engullía con prisa cada día supo diferente luego de las palabras pronunciadas por el cura, aunque sinceramente creía que el asunto de andar asustando a la gente era un mal necesario para conseguir adeptos, o al menos creía que pensando así podía alejar el miedo de su mente. Mientras lentamente avanzaban las horas, comenzó a sentir que una algo afloraba en su interior. Suavemente, como quien posa la palma sobre el hombro de un hermano, se dio cuenta de que una idea surgía: “Si el infierno existiera estaría dentro de cada uno de nosotros. Lo cierto es que cada infierno es diferente, como son también los pecados que se cometen”. Encendió la tele para la novela de la tarde, pero en vez de encontrar a la protagonista de su drama favorito vio como una mujer volaba con los brazos abiertos desde lo alto de un edificio; las noticias de la tarde se habían adelantado al episodio final de la historia romántica. Marta escuchó con calma: “Mujer de 45 años aproximadamente, de iniciales AGN saltó desde un noveno piso hoy cerca de las 10 horas, su cuerpo se encuentra en el servicio médico legal y será entregado hoy por la tarde a sus familiares. Las razones de porqué atentó contra su vida aún se investigan”. ¿Porqué una persona hecha y derecha cometería tal aberración? Esa mujer tenía hijos que la necesitaban para poder crecer. Marta dio vueltas en su mente muchas interrogantes. Cerró los ojos y recordó una tarde de marzo del 92’, cuando volvía del colegio de a pie, charlando con sus amigas, disfrutando del suave calor que el sol ofrecía a los caminantes por esas horas. Recordó la luz apagada de la casa, las ventanas cerradas, la puerta con llave. Recordó los ojos blancos de su madre, recordó el dolor. Una lágrima oscura teñida de rímel cayó de los ojos de Marta, “la verdad es que el infierno sí que existe”, pensó “y se construye con la vida, nos dirige hacia la muerte y lo vivimos cuando vemos las consecuencias de las malas decisiones que tomamos”.
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