martes, 19 de julio de 2011


 La observó detenidamente, su asqueroso dorso cortado en picadillos, la sangre fluyendo por el piso donde moscas y ratas se aglomeraban a cada miembro de lo que alguna vez fue una mujer humana. Su cabeza, los ojos aún tenían esa expresión de dolor, de espanto y el nauseabundo olor de la putrefacta muerte se esparcía por la habitación de esa casa abandonada. La miró una vez más y la mueca formada en su rostro se transformó en una torva sonrisa. Sí, eso le gustaba.

Solo recordar que aquella era la mujer a la cual le había propuesto matrimonio tan solo unas horas antes le fascinaba. Se amaban inmensamente o eso había creído, hasta que ella lo rechazó.  Por eso, cuando la luz de la luna ya asomaba por los enormes ventanales de esa casa solitaria, la tomó, la poseyó, aun a la fuerza, pero la tuvo para si, era suya y la disfrutó como tal. La mujer en lágrimas se oponía, pero los golpes siempre calman a las mujeres desobedientes.

Ahora, eso ya no importaba, ya estaba muerta, la miró una vez más y recordó que incluso antes de morir no lo había aceptado, ¡tonta mujer! Murmuró para sí,  arrojó el cuchillo con que la había atravesado, se volvió a su cabeza y le dijo: Adiós mamá. 


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